Colombia: Caen capos de la droga

En las dos dédadas tras la caída del narcotraficante Pablo Escobar, las autoridades colombianas han hecho grandes avances para capturar a los capos de la droga.

Miembros de la Guardia Nacional venezolana escoltan a Daniel "El Loco”
Barrera (centro), uno de los narcotraficantes más buscados de Colombia, tras su
captura el 19 de septiembre de 2012 en San Cristóbal, cerca de la frontera con
Colombia. (AFP)

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Miembros de la Guardia Nacional venezolana escoltan a Daniel “El Loco” Barrera (centro), uno de los narcotraficantes más buscados de Colombia, tras su captura el 19 de septiembre de 2012 en San Cristóbal, cerca de la frontera con Colombia. (AFP)

MEDELLÍN, Colombia — Los 20 años de carrera delictiva del capo de la droga colombiano, Daniel Barrera, llegó a su fin sin mayores incidentes el mes pasado, cuando fue capturado en una cabina telefónica venezolana.

Barrera, considerado el segundo traficante más buscado después del mexicano Joaquín “El Chapo” Guzmán, vivía tranquilamente en la ciudad fronteriza de San Cristóbal. Durante cuatro años, este hombre, por quien las autoridades ofrecían una recompensa de US$5 millones, se había estado moviendo entre una serie de posadas, la última de las cuales costaba menos de US$100 la noche.

A pesar de su bajo perfil, autoridades de Colombia y Venezuela lo siguieron con ayuda de inteligencia de Estados Unidos e Inglaterra. Entonces, a medida que el sol caía en la noche del 19 de septiembre, agentes de seguridad venezolanos lo detuvieron sin que presentara resistencia. El presidente colombiano, Juan Manuel Santos, afirmó que Barrera, conocido como “El Loco” por su temperamento impredecible, era “el último de los grandes capos”.

La captura de Barrera, a pesar de las dolorosas medidas que tomó para ocultar su identidad a las autoridades, que incluyeron quemar sus manos con ácido para eliminar sus huellas digitales y someterse a una cirugía plástica para cambiar su rostro, muestra cuán eficaces se han vuelto las fuerzas colombianas para atrapar a los capos del narcotráfico. En julio, su colega narcotraficante Camilo Torres, conocido como “Fritanga”, fue puesto bajo custodia después de que la policía allanó su lujosa fiesta de bodas en la isla de Múcura.

El narcotráfico colombiano está más fragmentado que nunca, según expertos

Analistas de seguridad sostienen que los capos capturados recientemente, entre ellos Barrera, no son tan poderosos como los capos colombianos de las décadas de 1980 y 1990.

“No diré que [Barrera] es el último de los grandes capos”, afirmó Ariel Ávila, quien ha escrito extensamente sobre el tráfico de drogas como investigador del instituto Nuevo Arco Iris, con sede en Bogotá. “Hace mucho tiempo que Colombia no tiene grandes capos”.

Aquellos que siguen estrechamente el tema sostienen que Colombia, y gran parte de América Latina, ha entrado en una era post-capos, en la que las autoridades deben combatir redes de traficantes, cuyos jefes se pueden reemplazar fácilmente. El éxito de las fuerzas de seguridad colombianas ha logrado fragmentar el narcotráfico más que en cualquier momento de sus más de 50 años de historia.

“Esa época de capos, el cartel de Medellín, el cartel de Cali, no va a repetirse”, expresó Ávila. “Pensar que vamos a volver a la épica de Pablo Escobar, eso no va a suceder”.

Plan Colombia, decisivo en la captura de cabecillas

En las dos décadas desde la caída de Pablo Escobar, las fuerzas colombianas se han convertido en mucho más expertas en la captura de narcotraficantes. Bajo el Plan Colombia, la policía y las Fuerzas Armadas crearon pequeños grupos de fuerzas altamente examinadas y capacitadas, cuya única función era el seguimiento y la captura de capos. Interceptaban líneas telefónicas, comunicaciones electrónicas y reclutaban a criminales como informantes.

En los últimos meses las autoridades han capturado, además de Barrera, a Erickson Vargas Cardona, mejor conocido como “Sebastián”, quien era el jefe de la “Oficina de Envigado”, un grupo con raíces en el antiguo cartel de Medellín. A principios de junio, Diego Pérez Henao, el cabecilla de una pandilla transnacional Los Rastrojos, fue detenido en una finca venezolana, donde se hacía pasar como jardinero.

Y justo un mes antes su compañero Javier Calle Serna, alias “Comba”, se entregó a la DEA de Estados Unidos después de meses de negociaciones desde un escondite en Argentina.

Estos capos se comportaban de forma muy diferente a los antiguos capos que construyeron su fortuna mediante la cocaína, se extendieron a otras empresas y no tenían miedo a mostrar su riqueza. Escobar manejaba costosos automóviles, organizó fiestas en grandes fincas y construyó un zoológico completo.

Sus rivales capos del cartel de Cali, Gilberto José y Miguel Ángel Rodríguez Orejuela, fueron propietarios de un equipo de fútbol profesional y de una cadena de farmacias que aún está en funcionamiento. (Los hermanos Orejuela fueron extraditados a Estados Unidos en 2005 y condenados a 30 años de prisión cada uno).

Nueva generación de ‘capos’ mantiene bajo perfil

Los integrantes de esta nueva clase comenzaron como matones callejeros, logrando el poder de manera temporal mediante asesinatos. Ávila los describió como “asesinos de turno que se pueden reemplazar fácilmente”. También mantienen un perfil mucho más bajo para no llamar la atención, señaló Diego Corrales, especialista en seguridad urbana y director de Enciudad, un grupo de políticas públicas de Medellín.

“Escobar exhibió sus excentricidades como una extensión de su poder”, sostuvo Corrales. “Quien haga eso ahora es muy probable que caiga en manos de la ley”.

Escobar y sus contemporáneos también controlaban toda la cadena de cocaína, desde el cultivo y la fabricación de la droga hasta su transporte y distribución final en América del Norte. Pero en la actualidad la cadena está descentralizada y la mayoría de capos de hoy a menudo sólo controlan una o dos partes de la misma.

Por ejemplo, el “Loco” Barrera mantenía rutas de envío. Compraba cocaína, la cargaba en aviones y la distribuía a los cárteles mexicanos, según Ávila.

Aparición de ‘microcarteles’

Un grupo de organizaciones mafiosas colombianas se dedica actualmente a cultivar plantas de coca, procesar químicamente las hojas para convertirlas en cocaína y transportar la droga al norte. Pero la parte lucrativa del comercio, el transporte de cocaína a través de la frontera con Estados Unidos y la distribución en sus ciudades, está en manos de los carteles mexicanos, lo que afecta las ganancias de los traficantes colombianos.

Y en las últimas dos décadas, los grandes carteles de Colombia se han fragmentado en decenas de “microcarteles”, expresó Alfredo Rangel, ex asesor del ministerio de Defensa y experto en seguridad.

El patrón habitual cuando se desintegra un cartel, indicó, es que un capo cae y tres de sus subordinados luchan por el control de la organización. En algunos casos, uno es más poderoso que los demás y simplemente los elimina. Pero más a menudo, el cartel se “fragmenta en pequeños carteles que mantienen relaciones independientes con el negocio, reemplazando a un capo de importancia por tres capos de mediana importancia”, agregó.

Estos capos de nivel medio son las caras del comercio actual de droga en Colombia.

Países vecinos observan los logros de Colombia

El éxito de los esfuerzos antidroga de Colombia también ha obligado a sus capos a desplazarse hacia países vecinos. Desde 2008, diez capos colombianos han sido capturados en Venezuela, entre ellos Barrera. Este país se ha convertido en una importante ruta de salida de la cocaína.

El papel de Colombia en el comercio de la cocaína probablemente continuará debilitándose, sostuvo Ávila. Debido a la eliminación reciente de tantos capos, los carteles mexicanos están enviando delegados a los países vecinos de Colombia, especialmente a Venezuela, para apoderarse de las rutas de transporte.

“Los colombianos cada vez pierden más espacio”, señaló.

Colombia, sin embargo, sigue siendo el principal país de cultivo de coca, con cerca de 160 mil hectáreas cultivadas, según un informe publicado en julio por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito. No obstante, el cultivo ha disminuido en cerca del 60% desde el año 2000, cuando contaba con más de 400 mil hectáreas cultivadas.

Al mismo tiempo, los cultivos de coca de Perú y de Bolivia han aumentado notoriamente en los últimos años. Según el informe de la ONUDD, Perú tenía casi 155 mil hectáreas cultivadas en 2011 y Bolivia unas 70 mil.

Perú y Bolivia han superado a Colombia y se han convertido en los productores mundiales de cocaína, según un informe del gobierno norteamericano publicado el 30 de julio, aunque el gobierno boliviano disputa la afirmación.

Jhon Marulanda es un consultor de seguridad y ex miembro del Ejército colombiano (sin relación con el ex guerrillero Manuel Marulanda, quien murió en 2008). Señaló que ningún país latinoamericano puede ganar la batalla contra las drogas por sí solo y agregó que “para controlar las drogas, necesitamos cooperación entre todos los países”.

Acuerdo de paz con las FARC: ¿Golpe adicional a los carteles?

Mientras tanto, las conversaciones entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el grupo de guerrilleros de izquierda más grande de Colombia, y el gobierno colombiano podrían cambiar drásticamente la situación. Las FARC manejan el 60% de la producción de coca en Colombia, sostienen los expertos, y potencialmente podrían entregarle al gobierno, como parte de un acuerdo de paz, enormes franjas de tierra de cultivo y los laboratorios donde se procesa la droga.

“Esto golpearía de forma significativa al narcotráfico en Colombia”, expresó Rangel, el ex asesor del ministerio de Defensa.

Pero un obstáculo para esa cooperación, sostienen Rangel y otros expertos, es que los miembros de las FARC todavía se niegan a reconocerse como narcotraficantes. Además, la retirada de las FARC de las remotas zonas productoras de coca podría crear una sangrienta lucha por el poder, con los traficantes reclutando paramilitares para la guerra.

“Las FARC actúan como una especie de juez, regulando y administrando”, señaló Ávila. “Y cuando no estén allí, esto podría convertirse en caos”.

Corpades: Falta mucho trabajo por hacer

Fernando Quijano, investigador de la delincuencia organizada y director de Corpades, un grupo de derechos humanos con sede en Medellín, sostiene que los capos de hoy son realmente “gatilleros” o pistoleros, cuyo propósito es actuar como testaferros, unir y dar órdenes a los cientos de pequeñas bandas criminales.

El verdadero poder, indicó, se encuentra en un pequeño grupo de hombres que funcionan como empresarios legítimos pero que realmente son una mafia estrechamente unida.

“Los verdaderos jefes del negocio son silenciosos. Nadie los molesta, porque todos los ojos están siguiendo a la fachada”, expresó.

Quijano y otros investigadores señalaron que muy pocos lavadores de dinero han sido procesados en Colombia.

“Hemos tenido un gran éxito en la captura de narcos”, dijo Ávila, de Nuevo Arco Iris. “Pero no se han tocado a los jefes de los narcos. Esto deja una sensación agridulce”.

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